¿REFUNDAR LA LEGITIMIDAD POLÍTICA? Por: César García.

viernes, 11 de enero de 2019 03:20 pm

El término refundar se encuentra vinculado, en muchos casos, a la noción de cambio el cual inevitablemente está asociado a la idea de transformación o en última instancia puede ir ligado al
compromiso de crear algo nuevo. Sin embargo, cuando se habla de refundar es pertinente considerar que aquello que se refunda ya tenía una existencia previa.

Nuestro país es un claro ejemplo de refundación porque el nacimiento de la República Bolivariana de Venezuela en el año 1999, se da gracias al proceso que se impulsó con la Asamblea Constituyente de aquel momento la cual en seis meses redactó un nuevo texto constitucional cuyo fin esencial fue refundar la República y se pasó de la cuarta a la quinta.

Las causas que impulsan una refundación pueden considerar que aquello que se refunda se hace
en virtud de los nuevos contextos de cambios y evolución que experimenta la sociedad en el orden social, político, económico, institucional, etc. Se refunda para que aquello se adapte mejor
y responda de mejor manera ante las nuevas coyunturas; no obstante, hay conceptualizaciones que no requieren de una refundación sino más bien de un consenso que permita un desarrollo
armónico de las relaciones y en este caso puntual, la legitimidad política, es un concepto que al menos en Venezuela requiere de un consenso interpretativo que trascienda a la manipulación
maniquea de intereses y poderes facticos.

La legitimidad puede entenderse como aquella cualidad que vincula a los que gobiernan y a los que son gobernados gracias al consenso social articulado entre las partes; tal consenso, establece
el rango de autoridad al cual se debe obedecer, de allí, que en un régimen democrático saludable no tenemos problemas de comprensión para aceptar la victoria de un contrincante político y
mucho menos reconocer la autoridad de la cual ha sido investido, autoridad a la que además nos debemos sujetar. Pero lo reitero, esto puede ser fácilmente digerible en el contexto saludable de
una democracia donde las diferencias más que debilitarnos o generar discordias las celebramos porque entendemos que un país con un sistema democrático saludable, es integrador. El día de ayer (10-E) el ciudadano Nicolás Maduro para unos un presidente legítimo para otros presidente ilegitimo cumplió con la liturgia política y legal que consistió en su juramentación
ante el TSJ, si consideramos a priori el dictamen del máximo tribunal podría suponerse que la legalidad se cumplió producto del desacato que este órgano le atribuye a otro poder legalmente
elegido y constituido como es la Asamblea Nacional. Bajo este fraccionamiento se llevó a cabo la
juramentación presidencial, la cual, nos remite al antagonismo existente entre poderes constituidos y nos permite vislumbrar un 2019 lleno de desacuerdos políticos, que de seguro, redundaran negativamente sobre la nación y sobre el bienestar que requieren sus ciudadanos.
Ciertamente la legalidad brinda legitimidad cuando se está en presencia de actores que cumplen, acatan y se rigen por esa legalidad; pero, ¿qué pasa cuando los actores rehúsan reconocer tal
legalidad y más aún cuando se resisten en aceptar la necesidad de un verdadero acuerdo que permita reencontrar el valor que representa y tiene la legitimidad? En ese sentido pareciera que el destino nacional retumba bajo los truenos de la incertidumbre, incertidumbre que puede despertar
el deseo de alcanzar la transformación y el cambio desde terrenos poco.

Ante el atolladero donde se encuentra Venezuela refundar la idea de legitimidad política a la luz de intereses sesgados en nada contribuirá a la búsqueda de una salida política porque hablar de una salida enmarcada en otro escenario es algo que no resulta plausible.

Hoy como nunca antes se hace necesario recuperar el consenso y compromiso nacional mediante la aplicación de valores éticos y morales para superar la difícil crisis de legitimidad en la cual nos
encontramos. Sin reconocimiento y aceptación de la autoridad del otro no puede haber legitimidad política y sin acatamiento al marco legal tampoco.
Venezuela no solo vive una crisis de legitimidad sino también de legalidad y ambos principios son pilares esenciales y sustanciales para la adecuada conducción de la nación y ambos principios no trabajan por separado.

“La legitimidad no puede sustentarse sólo en sentimientos, sino también en unas reglas de juego por todos decididas y a todos aplicable, representadas por un corpus jurídico constitucional cuyo escrupuloso respeto resulta del todo imprescindible.”
(Gurutz Jáuregui)

CesarG.opinion@gmail.com

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